Algunas cosas que te puede aportar la astrología psicológica


Stephen Arroyo, en su libro Astrología, Psicología y los Cuatro Elementos, enumera algunas de los valores que la astrología psicolgógica puede aportar a quienes trabajamos con ella, a nuestros clientes y, en general, a las personas que se interesan y sumergen en ella:

1. Perspectiva y desapego de "nuestra mente y pautas del ego". La carta natal nos muestra cuáles son estas pautas que tendemos a seguir como si fueran nuestro piloto automático. A medida que las vamos conociendo, vamos expandiendo nuestras opciones para que dichas pautas no nos controlen por el hecho de no conocerlas. Cuanto más nos sumergimos en nuestra carta natal, más vamos comprendiendo también qué formas de estar en el mundo solemos mostrar con más frecuencia y por qué tendemos a repetirlas.

2. Desarrollar la paciencia y cultivar la esperanza. La astrología psicológica nos muestra que todo pasa, que lo que estamos viviendo en cada momento presente es parte de una fase, de una etapa, que dará paso a otra. Cuanto más capaces somos de vivir en el momento presente, en el aquí y ahora de nuestra experiencia, mayor desarrollo y crecimiento obtendremos de la fase que estemos viviendo.

3. "Indica aquello en lo que debe trabajarse." Cada fase por la que atravesamos nos pone ante una serie de tareas que nos ayudan a desarrollarnos, crecer y avanzar. El Universo nos quiere. No podría ser de otra forma, pues somos parte de él, y todo por lo que pasamos en esta vida tiene un sentido y un propósito, con la finalidad de ayudarnos a expandir nuestra consciencia, ahondar en nuestra alma, elevar la vibración de nuestro espíritu.

4. Conectarnos con nuestras propias capacidades en cada momento, en cada ciclo astrológico.

5. Entender algunas de las que el autor denomina "Leyes Universales": el equilibrio, la causa y efecto, lo semejante atrae y genera lo semejante...


6. No quedarnos atascados en una experiencia pasada, una frustración o un bloqueo. Nuestras energías, que son las energías del universo, nos llevan a avanzar, desarrollarnos, crecer, completarnos, no a quedarnos estancados. Podemos salir de todos los túneles que nos podamos encontrar.

7. Introducirnos en el cliente y construir nuestro trabajo con la persona que acude a nosotros a partir de lo que hay en ella, no de lo que proyectamos en ella desde nosotros mismos.

8. Comprender las épocas cruciales de crisis, finales y nuevos inicios, claves para nuestro crecimiento.

9. Conocer mejor nuestro mundo interior y, como resultado, confiar más en nuestras intuiciones y en las sincronicidades.

10. Comprender nuestra complejidad interna, la riqueza de las energías que interactúan entre sí y nos mueven. Con ello, comprender, asumir e identificarnos con la totalidad de todo ese proceso, de ese entramado de energías, no sólo con una parte de ellas.

11. Recuperar nuestra conexión con la naturaleza y el universo, con todo aquello que no es humano pero está ahí, a nuestro alrededor.

12.  Ayudarnos a intuir lo que olvidamos cuando encarnamos y recuperar nuestra conexión con lo transpersonal.

Conocer nuestra carta natal nos permite conectar intuitivamente con aspectos de nuestra personalidad y aspectos transpersonales de nuestra presencia en este mundo durante esta vida. Vemos en ella claves para comprender formas de estar, actuar, sentir, pensar, que damos por descontadas y descubrir otras de las que no somos conscientes o a las que no prestamos atención o no damos valor. 

Puedes explorar tu mundo interior de muchas formas. Si algo de lo que veas en este blog resuena en ti, vibra contigo, estaré encantado de saber de ti.

Cómo la meditación nos puede ayudar a escuchar mejor



Nuestra mente no está nunca quieta. Durante la vigilia, produce decenas de millares de pensamientos cada día. Generamos conscientemente, intencionalmente, una parte de ellos. El resto, no, pero están ahí. Pueden aparecer en nuestra mente lentamente o muy deprisa. Pueden quedarse en ella unos segundos, o durante horas, o días. Algunos pueden llegar a quedarse ahí mucho tiempo y convertirse en obsesiones. En las culturas occidentales, nos hemos acostumbrado a identificarnos con la mente, con los pensamientos. Llegamos a creer que son nuestros, y también, que somos lo que pensamos. Los testimonios recogidos por el Dr. Michael Newton, el simbolismo de Udyat, u ojo de Horus en el antiguo Egipto, las investigaciones llevadas a cabo en el HeartMath Institute, entre otras muchas fuentes, nos ayudan a entender que nuestros pensamientos no son nuestros, y que nuestra identidad no está en ellos.


Llegamos a creer también que, al menos hasta cierto punto, no tenemos forma de controlar lo que pensamos, como si lo que recorre nuestra mente tuviera vida propia, y fuera una vida impuesta al resto de nuestra persona, casi contra su voluntad. Esa es una de las razones por las que, con frecuencia, nos cuesta tanto no hacer caso de lo que pensamos, o dejar de pensar lo que pensamos. Y en parte por eso también nos cuesta tanto dejar de generar pensamientos, o despegarnos de nuestra mente, de lo que la recorre, observándolo desde cierta distancia.

Cuando nos acostumbramos a distanciarnos de los pensamientos que recorren nuestra mente, nos vamos dando cuenta de que, efectivamente, ellos siguen pasando y pasando sin que nosotros los llamemos, ni los generemos, ni los busquemos, ni los formemos, ni los recordemos. Es como si nos encontráramos pensando cosas que ni siquiera hemos decidido pensar. También nos damos cuenta de hasta qué punto los pensamientos que van apareciendo por nuestra mente pueden llegar a ser caóticos, desconectados unos con otros, desconectados también de lo que hayamos estado viviendo unos segundos, o unos minutos, o unas horas antes de que aparezcan. Parece, sí, que tengan vida propia, que aparezcan sin que nuestra voluntad tenga nada que ver con ello, porque incluso aparecen cuando no queremos que lo hagan, cuando nos concentramos en algo que no sean ellos. 

Silencio y meditación
¿En qué nos podemos concentrar aparte de en nuestros pensamientos, hasta el punto de llegar a ser capaces de ‘verlos pasar’ y no hacerles caso e, incluso, de que, poco a poco, haya momentos en los que ni siquiera los veamos pasar? 
En el silencio, y en todo aquello a lo que aprendamos a prestar atención con la meditación. 
Empecé a meditar hace algo menos de dos años. Hasta entonces, era poco consciente de que tenía una idea creada sobre la mente y los pensamientos en relación con mi yo, mi identidad, mi alma, mi ser. Prestaba mucha atención a mis pensamientos, les daba importancia. A veces, mucha. Casi siempre, demasiada. Sí era consciente de que mi cabeza era un torbellino, de que mi mente no paraba. Me decía que, en algunas situaciones, para algunas cosas, eso era bueno y me ayudaba. Por ejemplo, en el trabajo, cuando escribía, y también cuando pintaba. Pero también me decía que, en muchas otras ocasiones, ese no parar de mi mente era incómodo, pesado, a veces incluso deprimente y, con más frecuencia de la que estaba dispuesto a admitir, agotador y estéril. Llevaba varios años teniendo problemas para dormir, en parte porque mi mente parecía tener un altavoz con el volumen muy alto, y a veces me costaba mucho encontrar el botón de apagado. 

Recuerdo la primera vez que medité. Fue una noche en la que, al acostarme, me propuse probar con la meditación. Tenía la esperanza de que, al menos, me ayudara a relajarme. Me tumbé, cerré los ojos y me concentré en la oscuridad, en un punto en el centro de la oscuridad. Me daba cuenta de que me era muy fácil distraerme con los ruidos que se oían en la calle, los que hacía mi perro, con las cosas que me pasaban por la mente y que eran, sobre todo, imágenes y sonidos de aquel día. Cada vez que algo de esto aparecía en mi mente o se llevaba mi atención, volvía a mirar ese punto en el centro de la oscuridad. Pasado un rato, ese fondo oscuro empezó a abrirse, como si se rompiera, y apareció un pequeñísimo punto de luz. Puse mi atención en él. Poco a poco, iba creciendo, ensanchándose, llenando de luz aquella mancha de oscuridad que lo cubría todo cuando cerré los ojos. La luz se hizo más y más intensa, pero en ningún momento molesta, hasta que lo llenó todo y solo la veía a ella. No había oscuridad. Empecé a tener la sensación de entrar en esa luz y avanzar por ella, a través de ella hasta que, de repente, empezaron a aparecer siluetas de cabezas de hombres y mujeres, sin rasgos en la cara, solo las siluetas negras de cabezas, muchas cabezas. Tenía la sensación de que, cada vez que aparecía una, me miraba por un instante, y luego aparecía otra, y otra. Y después, empecé a ver cómo se acercaban unas a otras, como si sus cuerpos se abrazaran. No oía nada, pero sentía como si de ellas me llegara una alegría y paz infinitas, y un amor infinito también que lo envolvía todo y me llenaba completamente. Y en ese momento me puse a pensar en lo que estaba ‘viendo’, y todo desapareció, volvió la oscuridad que veía al principio, y abrí los ojos. Y me dormí en seguida.

Unos días después, escribí un poema sobre esta primera experiencia con la meditación. Está en este mismo blog, Tras los párpados

Con el tiempo, me fui acostumbrando a meditar con frecuencia, aunque con interrupciones también. Pero no pasa nada. Cuando se deja de hacer, volver a meditar es tan sencillo como, simplemente, hacerlo como si no hubiéramos dejado de hacerlo nunca. En poco tiempo, empecé a experimentar ese observar los pensamientos que pasan sin haberlos llamado ni buscado, y a comprender, por haberlo vivido, y sin necesidad de ninguna explicación, que no soy los pensamientos que pasan por mi mente. 


Más allá de la meditación, desarrollar esa consciencia de no ser lo que pensamos, lo que pasa por nuestra mente, y la actitud de no darle importancia porque nada de eso es lo que somos, acostumbrarnos a ‘despegarnos’ de nuestra mente, des-identificarnos con lo que hay en ella, se pueden convertir en hábitos y parte de nuestra forma de estar en el mundo en cualquier momento y situación. Dado que siempre, desde bien jovencito, ha resonado muy dento de mí todo lo que tiene que ver con la armonía y la conexión entre los seres, todas las formas de comunicación me apasionan, y siempre siento ante ellas el deseo de que sean todo lo abiertas, honestas, sinceras, empáticas, respetuosas, amorosas, que puedan ser.

Conversaciones que no lo son
Una de esas formas de comunicación es, precisamente, la interacción entre dos personas. Titulé el primer artículo que escribí sobre esto Interacción no implica necesariamente conexión, y me centraba en diferenciar una cosa de la otra. Ahora sigo viéndolo de la misma forma, y me gustaría explicar brevemente cómo desarrollar el hábito de dejar de identificarnos con nuestra mente nos ayuda a estar plenamente presentes en una conversación, y con toda nuestra atención puesta en lo que la otra persona comparte con nosotros.


Interactuar con otra persona no significa necesariamente que estemos comunicándonos. Quizá se podría decir también que hablar con alguien y conversar son dos cosas diferentes, especialmente cuando hablar con alguien se convierte, sobre todo, o solamente, en hablar a alguien y que ese alguien nos hable a nosotros, por turnos, y sin que la escucha plenamente presente acompañe a lo que se va diciendo. Esto pasa con muchísima frecuencia. En todas partes. Creo que cada día más. Para mí, es resultado de la enorme presión de una sociedad que hemos construido entre todos, tanto quienes se identifican plenamente con ella, como quienes no, porque todo es obra de todos. Esa presión que entre todos hemos creado  nos lleva a estar cada vez más desconectados de nuestro mundo interior y de otras personas, de nuestra conciencia de seres espirituales, de lo invisible que hay dentro de todos nosotros. Nos lleva a sentirnos cada vez más aislados. El aislamiento, la desconexión, empieza dentro de cada persona y, desde ahí, se expande hacia su mundo exterior, que le ofrece un reflejo de lo que tiene dentro en cada momento. 
Es desde ese aislamiento, desde esa desconexión, desde esa soledad, desde donde participamos en muchas de las conversaciones en las que estamos, en nuestra vida diaria, con personas que conocemos, con personas desconocidas, en casa, en el trabajo, con amigos.

Entre todas las conversaciones en las que podemos participar o que podemos llegar a escuchar, creo que no es difícil encontrar un buen número de ellas que, en realidad, no son conversaciones, sino monólogos alternos. Si estamos atentos, nos daremos cuenta de que, cuando estamos en una de ellas, o cuando la oímos, algo reacciona en algún lugar de nosotros y nos avisa de que, de verdad, no estamos cómodos.

La próxima vez que escuches una interacción así en la que no estés participando, intenta prestar atención a cómo te sientes mientras la escuchas, mientras observas lo que verdaderamente ocurre mientras las dos personas que están en ella hablan. Podrías preguntarte, por ejemplo:
  • ¿Cómo me siento mientras les escucho?
  • ¿Noto alguna sensación en mi cuerpo que no notaba antes de oír esta conversación? ¿Cómo es esa sensación?
  • ¿Qué sensación me produce la forma en que interactúan estas personas?
  • Si no me gusta, o me incomoda, ¿cómo me gustaría que fuera? ¿qué hecho en falta?
  • ¿He estado yo, alguna vez, en una interacción así?
Como participantes, creo que es muy útil intentar prestar atención a lo siguiente en cualquiera de las conversaciones en las que participemos:
  • ¿Con qué frecuencia me encuentro esperando a que la otra persona termine de hablar para poder decir lo que ya tengo en mente?
  • ¿Con qué frecuencia noto que la otra persona está esperando a que yo termine de hablar para poder decir lo que ya tiene en mente?
  • ¿Cómo me siento sobre esto?
  • ¿Noto alguna sensación en mi cuerpo que no notaba antes de estar en esta conversación? ¿Cómo es?
  • Si pudiera congelar la conversación en el mismo momento en que siento incomodidad o extrañeza, ¿qué me gustaría hacer o decir?
  • Si la conversación me incomoda, ¿qué podría hacer yo para que fuera diferente?
Cuando estamos en una sucesión de monólogos que se alternan, no estamos participando en una conversación y el resultado de esos monólogos suele ser siempre el mismo: la sensación de que no han sido escuchados, ni por nuestra parte ni por parte de la otra persona, con lo cual la incomunicación de partida se convierte en una especie de agujero cada vez mayor del que es cada vez más difícil salir. Lo que sucede, en realidad, es que, mientras una persona le habla a la otra, ésta no tiene su mente quieta, callada, desapegada de sí misma, y dedicada exclusivamente a estar atenta a lo que viene de la otra persona, plenamente presente para escuchar con toda su atención, con todo su ser. Y, a pesar de ello, aunque nos demos cuenta, aunque no nos sintamos bien, es muy fácil que no nos detengamos para hablar de lo que está pasando, de que no nos estamos escuchando, de que estamos monologando por turnos en lugar de compartir y escucharnos. Es como si cada persona creyera, aunque no sea consciente de creerlo, que lo que ella tiene que decir es más importante, o más urgente, o más necesario, o más claro, o lo que sea.
Y claro, en realidad, no es eso. Todo eso es lo que nos dice nuestro ego para distraernos de lo que de verdad nos pasa por dentro. No es que realmente creamos que lo nuestro es más importante y no quiere esperar, sino que nos sentimos muy solos, muy desconectados, y nos resulta dificilísimo decirnos precisamente eso, justamente eso, a nosotros mismos y a otras personas. Tenemos una necesidad de ser escuchados, de ser vistos, verdaderamente vistos, que parece no tener fin, porque no parece que encontremos la forma de satisfacerla. Lo que hay detrás, en el fondo, es el miedo a la soledad, que hace que no hablemos con nosotros mismos todo lo que necesitamos ni de la forma en que necesitamos hacerlo. Ahí empiezan la desconexión y la soledad, que luego, casi sin darnos cuenta, intentamos rellenar con tantísimas cosas de fuera, incluidas este tipo de conversaciones de las que estamos hablando aquí.
Tenemos miedo a la soledad. Y lo opuesto al miedo es el amor. Y desde el amor, podemos relacionarnos con nostros mismos primero, y con otras personas después, de otra manera.
Conversaciones desde el amor
El primer paso es volver a conversar con nosotros mismos. Volver a mirar hacia dentro, a nuestro mundo interior, con amor, con plena aceptación, sin juzgarnos, sin criticarnos, sin azotarnos con la enorme variedad de látigos de todo tipo que somos capaces de inventar. A veces nos puede parecer que es muy difícil conversar con nosotros mismos desde el amor, por las razones que sean. Da igual. Ninguna de las que podamos imaginar es realmente nuestra. No solo es posible hablar con nosotros mismos desde el amor: amor es lo que somos, y amarnos a nosotros mismos desde la plena aceptación es, de verdad, lo que queremos, lo que buscamos, pero no porque no hayamos aprendido todavía a hacerlo, sino porque hemos olvidado que eso es justamente lo que somos y lo que mejor sabemos hacer.
Es posible también conversar con otros desde el amor, independientemente de cuál sea el tema de conversación. Porque el amor se manifiesta, antes que nada, en cómo estamos en el mundo, en cómo hacemos lo que hacemos cuando hacemos algo. Y conversar desde el amor es muy fácil, porque en realidad es nuestra naturaleza y nuestro deseo profundo, cuando estamos conectados con nosotros mismos, des-identificados con aquello que no somos, y plenamente presentes en el momento, abiertos a lo que haya en él. Abiertos, en el caso de las conversaciones con otras personas, a lo que ellas quieran compartir con nosotros.  

Para ayudarnos a voler a adquirir el hábito de conversar desde el amor, podemos hacer varias cosas. En primer lugar, podemos ayudarnos a vernos desde fuera, a observarnos en este tipo de interacciones. Nos podemos hacer varias preguntas sobre esto. Algunas de las preguntas clave podrían ser las siguientes:
  • ¿Cómo interactúo con otras personas?
  • ¿Cómo me siento cuando la interacción va bien?
  • ¿Cómo creo, o sé, que se siente la otra persona cuando la interacción va bien?
  • ¿Qué hago cuando siento que la interacción va bien?
  • ¿Cómo me siento cuando la interacción no va bien?
  • ¿Cómo creo, o sé, que se siente la otra persona cuando la interacción no va bien?
  • ¿Qué hago cuando noto que la interacción no está yendo bien?
  • ¿Qué espero que haga la otra persona cuando la interacción no está yendo bien?
  • ¿En qué consiste realmente la comunicación entre dos personas que se hablan?
Es importante que tenga presente que cualquier conversación es el resultado de lo que todas las personas implicadas en ella hacen. También, que no tengo ningún poder de decisión sobre lo que haga la otra persona, pero sí, siempre, sobre lo que haga yo, y en las situaciones como la descrita aquí, probablemente mi primera labor sea detener el flujo de pensamientos en mi mente que llenan el espacio que la otra persona y yo necesitamos que esté disponible para estar verdaderamente escuchándola. Para ello necesito:
  1. Darme cuenta de que mientras la otra persona me habla, yo me estoy hablando también dentro de mi cabeza y, al mismo tiempo que la oigo a ella, me estoy escuchando a mí.
  2. Darme cuenta de que tal vez tengo una cierta prisa por que ella termine de hablar. Mi cuerpo me lo puede estar indicando de varias formas.
  3. Darme cuenta de que si la otra persona, de repente, se perdiera y se preguntara o me preguntara '¿por dónde iba? ¿qué estaba diciendo?' para reencontrar el hilo, tal vez yo no sería capaz de ayudarla porque tal vez yo tampoco recordaría lo que me estaba diciendo.
  4. Darme cuenta de que, muy probablemente, estas tres cosas están pasando también en la cabeza de la otra persona. La señal más clara de que es así es que, como yo, no detiene, ni interrumpe, ni se sale de este baile extraño y falso en el que estamos.
  5. Decidir precisamente eso: parar. Esto lo puedo hacer, como mínimo, de tres formas diferentes. Una consiste en salirme del baile, dejar la interacción, e irme, sin explicar por qué, y quizá utilizando cualquier excusa, lo cual no modifica nada. La segunda consiste en pararme y compartir con la otra persona el hecho de que me he dado cuenta de todo lo que pasaba por mi cabeza, de cómo pienso o siento que estaba yendo la interacción, y quedarme en la situación, a ver qué ocurre justo después de esto. La tercera consiste en detener ese flujo de ruido en mi mente y permitir que lo único que entre en ella sea lo que provenga de la otra persona, para lo cual tal vez necesite entrenarme durante un tiempo hasta desarrollar el hábito que me permita hacer esto al instante. 
En cualquier caso, conviene que me diga a mí mismo que si me doy cuenta de que la interacción es o se ha convertido en un falso baile de este tipo, solo por el hecho de darme cuenta no va a cambiar, ni tampoco por el hecho de esperar a que la otra persona haga algo para que cambie. Y, llegados aquí, es importante que recuerde que, para ella, la otra persona soy yo.
Así pues, parece que una interacción de este tipo solo puede cambiar si alguien hace algo para contribuir a que cambie. Puede parecer obvio, pero si realmente lo fuera, este tipo de interacciones no se producirían, al menos no con la que frecuencia con la que me parece que se dan.


La meditación nos ayuda a desapegarnos de todo aquello que cruza por nuestra mente, y a volver a poner nuestra atención, una y otra vez, en un mismo punto de referencia, que puede ser nuestra respiración, un objeto, un valor, una palabra, un sonido. De la misma forma que podemos entrenar nuestra mente para hacer esto, podemos entrenarla para que se desapegue también de todo aquello que pasa por ella mientras otra persona nos habla, y para poner toda nuestra atención, tantas veces como sea necesario, en una sola cosa: lo que esa persona nos está diciendo.

Y, así, escucharla con toda nuestra atención, con plena presencia, desde el amor manifestándose a través de nuestra plena atención y respeto.

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Lo verdaderamente importante en la vida, para mí


Después de estar varias décadas en esta vida, hay unas pocas cosas que son muy claras para mí. Lo que tenemos; las etiquetas que nos acompañan; nuestros trabajos, especialmente los que tenemos en la primera mitad de nuestra vida, y los que no hemos construido desde el corazón; el valor monetario de nuestras posesiones; el sabor agridulce de nuestros logros, especialmente cuando los utilizamos para alimentar el ego, esa enorme ficción en la que vivimos, o cuando los utilizamos como sustitutos del amor; el supuesto amor que creemos conseguir cuando renunciamos a ser nosotros mismos y que, de verdad, no es real ni es amor... Todas esas cosas no significan absolutamente nada. Las hemos inventado para distraernos de lo que realmente somos, porque lo olvidamos cuando llegamos aquí.

El verdadero tesoro de la vida de una persona está dentro de ella, esperando para ser encontrado, asumido, celebrado, compartido con humildad y alegría, y cuidado con la mayor capacidad para amarnos a nosotros mismos y a los demás. Cada uno de nosotros es el verdadero héroe de nuestra vida: la gente famosa, la gente poderosa, las figuras fabricadas por la publicidad, no son más que ficciones que se sirven a sí mismas, otra forma de distracción interesada. Todos estamos rodeados de gente maravillosa, con impresionantes historias que contar, compartir, celebrar. Esas personas están a nuestro alrededor, y nosotros estamos a su alrededor: en las calles, en el autobús, conduciendo en la autopista, en la escuela, en el trabajo, sentadas justo a nuestro lado en la cafetería o en el restaurante. Y es muy fácil encontrarlas, basta con que estemos presentes y con el corazón abierto.

Ahora sé lo que, en realidad, he sabido durante muchos años, que esas son las historias que quiero escuchar, disfrutar, admirar, celebrar, y contar después, si puedo. Lo que de verdad quiero hacer es escuchar muy atentamente, muy despacio, con mucho cuidado, y así es también como quiero que mi historia sea escuchada.

De todas las cosas que he hecho en esta vida, la mejor, sin duda, ha sido viajar a mi interior, empezar a escuchar mi propia historia sinceramente, amorosamente; y después, las historias de otras personas. De todos los lugares en los que he vivido, el que realmente es mi hogar soy yo mismo. De todo lo que he conocido, la que realmente necesitaba conocer tan bien como me fuese posible, era yo. De todas las personas que han sido parte de mi vida, de una forma u otra, a la que realmente quiero en primer lugar es a mí; y, desde ahí, puedo sinceramente, verdaderamente querer a otras con todo mi corazón.

Después de un camino complicado y doloroso, estoy en paz. Y justo ahí es donde me voy a quedar. No he terminado. Hay todavía algunas cosas que quiero hacer. Pero ahora el viaje es, realmente, verdaderamente, mío.




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Una pregunta difícil, necesaria y sanadora sobre el abuso



'¿Qué saqué del abuso?' 
'¿Qué regalos para mi alma estaban escondidos tras él?'

Esa parece una pregunta horrible y, aparentemente, podría venir del autoodio, por ejemplo, o de un sentimiento inconsciente de culpabilidad no asumido, muy frecuente entre las personas que sufrimos abusos durante la infancia.
Y, sin embargo, una pregunta así no viene del autoodio, de una autoestima rota, ni de la culpabilidad. Sí es una pregunta muy difícil de hacerse a uno mismo. Pero, al mismo tiempo, muy necesaria y sanadora también. ¿Por qué? Porque es clave para empezar a entender por qué hablamos de pasar de ser víctimas a ser supervivientes.



Mi madre solía asaltar mi cuerpo cuando yo estaba en una situación que me hacía más vulnerable. Esas situaciones de vulnerabilidad tenían algo en común, y era que en ninguna de ellas yo me podía mover. No podía escapar. Ella tenía el control sobre mis movimientos. Control es una de las claves de las situaciones de abuso y maltrato, también entre personas adultas. La persona maltratadora se aprovecha de una situación de poder, que ella tiene como resultado del control que ejerce sobre la persona maltratada, y del miedo que consigue inyectar en ella. Por eso es tan importante para quienes maltratan romper la autoestima de aquellas personas a las que maltratan. Intuitivamente, lo saben. Y lo hacen. La otra clave es el aislamiento, porque va unido al silencio, que protege a quien abusa y, de una forma muy diferente que en otro post explicaré, parece proteger también a quien sufre el abuso. El aislamiento es clave también porque refuerza el control y profundiza la enorme grieta en la autoestima de la persona maltratada, abusada, a la que le cuesta verse plenamente como viviendo la misma vida que personas cercanas a ella: algo la hace diferente, de una forma que le cuesta mucho explicar y compartir, y no sabe todavía qué es, y eso la puede llevar a retraerse, a no interactuar con el mundo exterior tanto como tal vez interactuaría si no estuviera sufriendo abusos.
El abuso sexual infantil puede destrozar no solo el cuerpo y la vivencia de su propio cuerpo de quien lo sufre, sino también los circuitos del cerebro racional y del emocional. Dedicaré otra entrada de este blog a hablar exclusivamente sobre eso, y sobre algunas cosas que se pueden hacer para empezar a enfrentarse a eso e ir cerrando esas grietas y curando esas heridas. Pero, durante el tiempo que pasa antes de llegar a la conciencia y el camino de la sanación, el panorama es desolador. Por eso también es tan dura y, al mismo tiempo, tan necesaria y terapéutica, la pregunta '¿qué saqué del abuso?'
¿Qué saqué del abuso? Hace unos años escribí sobre esto por primera vez. Escribí la pregunta sin saber qué vendría después. No sabía lo que iba a decir, no tenía ninguna respuesta en mente y, al mismo tiempo, sentía la necesidad de sumergirme en la pregunta. Sin embargo, en cuanto empecé a escribir, no dejé de hacerlo durante un buen rato. Sin saber cómo, las primeras respuestas a la pregunta habían empezado a salir de algún lugar de mi interior.
Hacerme esta pregunta no significa que me diga a mí mismo que haber sido víctima de abusos fuera algo bueno, o que valiera la pena, o que yo lo buscara. En absoluto. No significa tampoco que yo me aprovechara del hecho de que abusaran de mí para hacer un trueque entre el horror de la violencia sufrida y algo en mi provecho que hiciera que pasar por ese horror valiera la pena. Hacerme esta pregunta significa que tenía que sobrevivir. Tenía que encontrar una forma de llegar al final del día y enfrentarme a la vida otra vez al día siguiente. Significa que tenía que desarrollar mis propios mecanismos de supervivencia para protegerme tanto como pudiera, no solo físicamente, lo cual era muy difícil, sino también emocional y psicológicamente. Aunque era un niño, estos procesos estaban activos dentro de mí, sin que yo lo supiera. Solo al cabo de muchos años empecé a ser consciente de todo ello, hasta el punto de poder explicármelo a mí mismo primero, y explicárselo a otros después, como estoy haciendo ahora. Y empecé a ser consciente también de cómo algunos de esos mecanismos, algunas de esas estrategias, acabaron convirtiéndose, al trascenderlas desde el otro lado del dolor, el rencor, la tristeza, el autosabotaje, en regalos para mí y para otras personas.
Mi cuerpo fue prematuramente sexualizado, y eso hizo mi vida sexual algo complicada, aunque no traumática, especialmente durante mi adolescencia y juventud. El abuso sexual infantil inyecta en la vivencia y en la mente de la niña o el niño que lo sufre algo que, si no existiera el abuso, ni siquiera llegaría a concebir. De manera que la sexualización prematura no es solo del cuerpo. Rompí la cadena del abuso y, al mismo tiempo, no reprimí mi sexualidad. En conjunto, mi vida sexual no ha sido fácil, pero sí satisfactoria.
Y, después de enfrentarme al abuso, procesarlo, asumir mi historia, varias veces, en los años en los que he trabajado como profesor de secundaria en España y en Estados Unidos, he podido ofrecer partes de mi historia a estudiantes míos que fueron también abusados y no encontraban en sus centros el tipo de apoyo que un adulto con una historia similar les podía ofrecer. En realidad, la dificultad para encontrar apoyo no viene del hecho de que las personas que hemos sufrido abusos seamos pocas. Año tras año, las estadísticas en los países occidentales se repiten: alrededor del 25% de las mujeres y del 17% de los hombres han sufrido abusos sexuales durante la infancia. En realidad son más, probablemente bastantes más, porque las estadísticas se basan en casos manifestados, en los que las víctimas de abusos han hablado de ello. Se calcula que, si todas las personas que han sufrido abusos llegaran a decirlo, esos porcentajes serían de más del doble. 


En cuanto a mi posición en mi famila de origen, me encasillé en un papel, dentro de ese sistema familiar, que me protegía tanto como era posible siempre que podía meterme en él y relacionarme con los otros tres miembros de la familia desde él. Ese papel no solo me protegía, sino que me situaba también a una distancia astronómica del papel en el que quedó encasillado mi hermano, que es siete años mayor que yo. Creo que es importante enfatizar la idea del encasillamiento. En situaciones de violencia extrema dentro de la familia, como es el caso de la mayoría de los abusos sexuales, el desarrollo de la persona se rompe por algún sitio, o completamente. No necesariamente para siempre, claro, pero se rompe. Dentro de la víctima, lo que habría podido ser un desarrollo razonablemente sano y positivo, queda sustituido por una situación de constante lucha / huida para sobrevivir, y eso se consigue hacer desde una posición en la que la persona se puede atrincherar en aquello que le da, al menos, una cierta sensación de protección, de seguridad, corriendo el riesgo de quedarse en ella durante mucho tiempo, demasiado tiempo a veces, y mantenerse ahí incluso cuando ya no necesita atrincherarse.
El papel que yo asumí inconscientemente me salvó la vida siendo niño, durante la adolescencia y durante algunos años después, especialmente durante las crisis marcadas por pensamientos suicidas. Es un papel que, además, en cierto modo, fue evolucionando y que me permitió conocer y desarrollar algunos de mis dones y talentos, hasta el punto de contribuir a darme una vida que puedo disfrutar, compartir y a partir de la cual puedo, entre otras cosas, compartir mi historia con personas a quienes les pueda ayudar, y estar en paz cada vez que termino de compartir fragmentos de ella y ser capaz de seguir ocupándome con tranquilidad del resto de cosas que hay en mi vida.
Es común, entre niños víctimas de abusos, asumir uno o varios de los papeles que citaré a continuación como mecanismo de supervivencia ante el abuso, como una forma de encajar en ese sistema abusivo, de protegerse y, en última instancia, de seguir vivos. Literalmente. El suicidio no es algo que pase solo por las mentes de personas adultas. En absoluto. Insisto en que asumir uno o varios de estos papeles no significa que al niño o la niña le guste lo que le están haciendo ni la posición en que lo han situado en el sistema familiar. No significa tampoco que 'saque provecho' de la situación, ni que la provoque. Estamos hablando de llegar vivos al final del día, física, psicológica y emocionalmente. La alternativa a eso es solo una: ser destruidos por el impacto y las secuelas del abuso.
Estos son cuatro patrones desarrollados con frecuencia por niños abusados:
  • convertirse en cuidadores
  • esconderse
  • convertirse en el chivo expiatorio de la familia
  • provocar
Mi hermano es siete años mayor que yo. Las estrategias que nuestros respectivos subconscientes crearon para sobrevivir fueron radicalmente opuestas, hasta el punto de que se podría decir que, con los años, él y yo nos convertimos en la mutua proyección de nuestras sombras.
Entre los cuatro, arrinconamos a mi hermano en el papel del chivo expiatorio de la familia, 'el malo', 'el rebelde'. Su relación con nuestros padres se basaba en una casi constante provocación. Su relación conmigo, en la mentira y la manipulación. Nos rechazábamos mutuamente, porque nos veíamos como opuestos el uno al otro.
Yo asumí los otros dos papeles. Por difícil de creer que pueda ser para quien no conozca historias así, me convertí en el cuidador emocional de la familia, especialmente de mi madre. Claro. La única persona que hablaba con todos de emociones y relaciones en ese sistema era yo, y empecé a hacerlo cuando era todavía un niño. Cuando mi madre hablaba de eso, lo hacía conmigo. 
Al mismo tiempo, pasé toda mi infancia y adolescencia escondiéndome, especialmente en tres lugares: en mi mente, en mis libros y en la calle. No podía esconder mi cuerpo tras una puerta cerrada porque no estaba permitido. Las pocas veces que la cerré, mi madre se apresuró a abrirla y recordarme que las puertas debían estar siempre abiertas.  
Para mí, mi mente y mis libros eran mi escondite, mi refugio y también mi salida. Me convertí en el modelo de niño estudioso para toda la familia de mi padre y de mi madre. Esa fue la 'identidad', la etiqueta que, entre todos, decidimos que me correspondía, la que asumí y mantuve, y en la que quedé encasillado durante muchos años. Incluso ahora hay todavía miembros de la familia que no ven otra cosa en mí, incluso algunos de los que conocen mi historia. Estudiar mucho, durante horas y horas, tardes enteras y muchas noches también, hasta la madrugada, me servía, sobre todo, para tres cosas: 
  • Vivir en otro mundo. Todo lo que leía, todo lo que aprendía, todo lo que intuía, me ayudaban a estar en contacto con mundos que iban mucho más allá de aquel en el que yo vivía, en el que me sentía atrapado y sin saber cómo salir de él. Esos otros mundos no estaban solamente en lo que encontraba en los libros, sino también en lo que imaginaba, en lo que intuía, en una sensación intensa y persistente de que había otra existencia, otra vida, u otras vidas, más allá de este mundo.
  • Mantener a mi madre alejada de mí. El abuso infantil destruye la capacidad del niño de aprender qué son los límites, para qué sirven, cómo se ponen y cómo se mantienen, porque el abuso es un ataque brutal precisamente a todo tipo de límites. Con los años, eso se puede manifestar en diferentes aspectos de la vida de esa persona: en las relaciones personales, en el trabajo, en la relación con uno mismo, en la relación con el propio cuerpo. En otro post hablaré sobre esto.
  • Sentir que había algo que hacía bien. Mi autoestima como niño estaba supeditada a mi capacidad de servir, especialmente de servir a mi madre. Luego, como persona adulta, eso se manifestó, hasta que identifiqué el patrón y lo rompí, en la creencia inconsciente de que los demás me aceptarían y me querrían por el valor de lo que yo fuese capaz de hacer, no por mí mismo, no simplemente por ser.
El ansia por saber, la pasión por aprender y descubrir, la infinita curiosidad, me han acompañado siempre. La lectura y la escritura han estado siempre conmigo, desde la infancia y, en muchos momentos críticos de mi vida, me han ayudado infinitamente a reencontrarme con mi corazón.


Sobre la calle, copio aquí un fragmento de lo que escribí en el apartado 'Mi historia' de este blog:
También la calle era mi refugio. Desde muy joven me acostumbré a pasar horas y horas caminando sin rumbo ni propósito por las calles de Barcelona. Durante esas largas caminatas, con frecuencia tenía la sensación de no ser de este mundo. Así me lo decía a mí mismo. Miraba a la gente, los lugares, las cosas que me iba encontrando, y me parecían extrañas, ajenas, lejanas, irreales. Muchas veces tenía la sensación de que entre todo aquello y quien había dentro de mi cuerpo había una pared de cristal, una lámina invisible que separaba dos mundos. Como cuando me miraba en el espejo preguntándome qué o quién había detrás de aquella imagen, dentro de ese cuerpo, sentía también y me decía, mientras deambulaba, que no podía ser que aquello fuera todo, que la vida, la existencia, se redujera a eso: a lo visible, lo tangible, lo perceptible por los cinco sentidos. Sentía y me decía que no podía ser que la vida de las personas se redujera a hacer cada cual su vida, a relacionarse con más o menos personas pero siempre desde aquello. Ya entonces me empecé a acostumbrar a observar a la gente detenidamente, obsesivamente; a escuchar conversaciones ajenas; a percibir las energías de personas, lugares y situaciones y procesarlas dentro de mí, como hacía siempre en casa. Y a aprender de todo eso.
Con el tiempo, el hecho de provenir de una situación sostenida de abuso me dio también una voz que, desde hace ya unos años con plena consciencia, puedo compartir. Hasta hace unos años, pensaba que hubiera preferido poder desarrollar una voz diferente, por haber tenido una historia diferente, una infancia y adolescencia razonablemente marcada por el respeto, el cariño, y formas sanas de abordar conflictos cotidianos, en lugar de una marcada persistentemente por el abuso y la violencia. Pero ya hace tiempo que no pienso esto, ni me siento así. Estudiar a fondo mi carna natal y leer a Robert Schwartz, Michael Newton, Brian Weiss, Raymond Moody, Debbie Ford, UCDM, entre otros, me ayudó a ver todo lo que he vivido desde una perspectiva transpersonal, transgeneracional, desde la cual muchas cosas que antes no parecían tener sentido, encajan perfectamente.
He buscado mi voz desde muy pequeño, luchando por encontrarla, reconocerla, hacerla mía, quererla y, finalmente, hacerla oír y compartirla. Así que canalicé esa búsqueda, y mi perenne sed de armonía y conexión, a través de algunas aficiones y de mi trabajo como profesor, consultor, coach, traductor, escritor, y ahora, terapeuta transpersonal. Durante años, algunos de estas actividades substituían el trabajo interior que no estaba haciendo conscientemente todavía, o que estaba evitando hacer. Hasta que, por fin, en medio de una profunda crisis que transformó mi vida hace diez años, pude enfrentarme al abuso y, a partir de ahí, todo cambió lenta y dolorosamente, pero también de forma muy clara y, por supuesto, para mucho mejor.

Así que, llegado a este punto, cuando leo esto en el libro Coraje, de Debbie Ford, siento que tiene muchísimo sentido para mí:
Cuando eres un guerrero por tu pasado, encuentras los regalos que hay escondidos en las experiencias difíciles.
Llegar a ese punto puede llevar mucho tiempo, incluso la mayor parte de una vida, media vida, décadas, unos pocos años. El camino de cada persona es diferente. Pero se puede llegar. Muchas personas llegan. Yo he llegado.

Si estás leyendo esto y conoces a alguien que haya sufrido o esté sufriendo abusos, y alguna parte de ti se siente incómoda, por favor recuerda que, por duro que sea conocer, oír, ciertas historias, mucho más duro es vivirlas, sentirlas, sufrirlas. Por favor, recuerda esto si alguna vez, por la razón que sea, una persona superviviente de abuso te explica su historia. Por supuesto, no tienes por qué escuchar ni leer nada que no quieras escuchar ni leer. Por supuesto. Es tu derecho y tu elección. Pero si decides escuchar o leer, por favor, recuerda lo que acabo de decirte: por duro que sea oírlo o leerlo, está a años luz de lo duro que es vivirlo y sufrirlo. Quisiera decirte también que, si te encuentras en esa situación, no te inquietes por no saber qué tienes que hacer. Probablemente, la persona que te esté contando tu historia no quiera que hagas nada, simplemente que la creas y la escuches, aceptándola, sin juzgarla, sin rechazarla, desde la comprensión y el amor.

Si estás leyendo esto y has sufrido o estás sufriendo abusos, quiero decirte que, si algo que hayas leído aquí resuena dentro de ti, y quieres o necesitas compartir tu voz conmigo, puedes escribirme al correo que encontrarás en este blog o a través del formulario de contacto. 
Estaré encantado de leerte.



Puedes explorar tu mundo interior de muchas formas. Si algo de lo que veas en este blog resuena en ti, vibra contigo, estaré encantado de saber de ti.

Enciende la chispa en tu corazón


Después de leer los libros del Dr. Michael Newton, en los que explica exhaustivamente los resultados de sus investigaciones sobre la vida entre vidas ( El Viaje de las Almas, Destino de las Almas, La Vida entre Vidas, Memorias del Alma), es fácil pensar que tal vez nada de lo que inventamos o creamos, o creemos inventar o crear, en esta vida, en este mundo, es en realidad invención o creación nuestra, sino un reflejo, desde el olvido con el que entramos en esta vida y este mundo, de lo que somos, hacemos, creamos, en el mundo espiritual del que venimos y al que volvemos al final de cada encarnación. Me ocurre con algunas de las cosas que más me impactan de esta canción y este video, que me emocionan muy profundamente, y siento con ellas una mezcla de inmensa alegría y de melancolía, casi como si sintiera que, aunque sea por unos minutos, recupero algo que perdí hace mucho, mucho tiempo.

Cuando vi este video por primera vez, durante la profunda crisis que viví hace unos años, todavía no sabía nada del Dr. Newton. Cada vez que escucho la canción viendo el video al mismo tiempo me emociona como esa primera vez, como si no lo hubiera visto nunca antes. Hoy también, hace apenas diez minutos, antes de empezar a escribir esto.

¡Qué difícil puede ser a veces oír nuestra voz interior, esa que viene de nuestro Ser, o a través de él, atravesando todas las capas de la carcasa de nuestro ego, llegando a nuestra conciencia por el corazón, nunca por la mente! Esa voz nos ama, porque es amor, porque somos amor, y nos muestra precisamente eso. Y nos lo muestra desde el amor a nosotros mismos primero, que podemos olvidar con facilidad abrumados por el desconcierto que caracteriza esta vida en este mundo.

Somos amor y, cuando vivimos desconectados de él, vivimos con miedo, o incluso en el miedo. El camino de vuelta al amor no empieza por la entrega amorosa a los demás, sino por volver a amarnos a nosotros mismos primero. Incondicionalmente, sin reservas, sin excepciones, sin ningún 'pero', aceptándonos plenamente. Ahí está el camino de vuelta a la luz que todos tenemos dentro, que todos somos. Cuando volvemos a esa luz, cuando se enciende de nuevo esa chispa, somos capaces de todo, especialmente de todo aquello que, hasta ese momento, nos parecía imposible, o nos daba vértigo, o evitábamos, o escondíamos, o nos avergonzaba como resultado de otras voces internas nuestras, egoicas y menos amorosas. La luz en nuestro interior a la que volvemos, la chispa que se enciende en nuestro pecho, alimenta una fuerza amorosa que emanamos desde nuestro corazón, que se extiende mucho más allá de nosotros, que se contagia.

Hay muchas cosas que somos capaces de llegar a decirnos a nosotros mismos desde el miedo, desde esa soledad oscura y fría en la que vivimos cuando estamos desconectados de nuestro corazón, de nuestra alma, de nuestro Ser, de la Fuente: "no sirvo", "no me quieren", "no sé hacerlo", "siempre me pasa lo mismo", "no me gusta mi cuerpo", "no soy capaz", "me da miedo", "no me lo merezco", "no me aceptarán", "no puedo hacer nada", "si soy buena y servicial, me querrá", "si soy bueno y servicial, me querrá", "qué dirán de mí", "yo valgo muy poco", "lo mío no tiene importancia", "soy raro", "no puedo estar sola", "me da pánico estar solo", "no soy nadie para", "es el castigo que me merezco"..... Aunque nos pueda llegar a parecer que son muy reales, por tener muy interiorizados algunos de estos mensajes, u otros semejantes, hasta el punto de que ya nos llegan como si tuvieran nuestra voz, ninguno de ellos realmente existe. Están todos en nuestra cabeza, y son invenciones nuestras. Y, desde luego, no somos lo que dicen, no somos eso, porque no somos lo que pensamos, ni somos tampoco lo que inyectamos en nuestro cuerpo emocional desde nuestra mente desconectada.

Cuando nos damos cuenta de ello, se enciende la chispa. Cuando se enciende la chispa, empezamos a recordar y saber, desde el corazón, donde está nuestra verdad. Cuando empezamos a recordar y saber desde el corazón, volvemos a nuestra luz y sentimos la fuerza amorosa que tenemos dentro, que somos, que está ahí para ofrecérnosla a nosotros mismos, y para compartirla con los demás.

Y para celebrarla.






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Tras los párpados


Tras los párpados

 Me tiendo en la cama,
inquieto y exhausto,
dispuesto a dejar atrás
los restos de un día
poco propicio y algo solitario.
Cierro los ojos.
La marea revuelta
de las horas inciertas del día
retumba caótica todavía
en mi mente aún agitada.
El ruido intenso,
las imágenes caducas
de presentes recientes
que ya no son, vuelven,
fugaces y persistentes,
y golpean mis párpados cansados.
Mis párpados cerrados.

Tras ellos, mis otros párpados
se abren y se cierran,
van y vienen
de la penumbra de la vigilia 
apenas apagada
a la oscuridad profunda, cierta,
del retorno a ese punto oscuro,
quieto, más allá de la oscuridad 
de la noche,
en el centro mismo de la visión sin imagen. 

Y allí me quedo.
El ruido enmudece.
Las imágenes se disuelven.
El centro en el fondo sin fondo
crece, despacio, y de repente
un escaso punto de luz aparece.
Luz.
Es otra luz.
Es la luz.
Y allí me quedo.
Ahora todo es silencio.
Ahora todo está quieto.
Pero ya no estoy ahí,
me arrastra la luz,
que ahora tiembla,
salta, se extiende,
se acerca y me envuelve.
Y allí me pierdo,
y otra puerta se abre
y me lleva a cabezas sin cuerpos,
caras sin rostro,
besándose sin cesar,
tiernas, apasionadas,
lejanas, infinitas, silenciosas y alegres.

Abro los ojos, ya solo sé
que el amor todo lo envuelve
y que está en mí, en ti, aquí y allí,
en todos nosotros porque es vida,
y para todos, también, 
más allá de la no muerte.


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