Mi historia



Este es un esbozo de la historia de la larga crisis que fue el punto de inflexión a partir del cual mi vida se empezó a transformar completamente. Muchas cosas, muchos detalles y momentos significativos de estas vivencias quedarán fuera; otras no quedarán explicadas con la fuerza o la claridad con las que las viví y las conservo dentro de mí. Espero que, incluso con todas las lagunas y limitaciones de este relato, haya en él algo que resuene con alguien y le ayude a ver, comprender, vivir, sentir, abordar, afrontar o celebrar algo en su vida. 


Siempre he sido una persona solitaria. Recuerdo mi niñez como un tiempo duro y triste, y mi adolescencia como un inmenso desierto de soledad. En el poema Escribir, de mi primer libro de poemas, Paso de Peatones, escribí estos versos, unos años antes de abrir definitivamente los ojos y recordar:

                    ‘Sí perdí mi infancia,
                     y me alegro de ello:
                     antes que recuperarla
                     para escribirla, prefiero
                     escribir para olvidarla.'

A los diez años, escribí una redacción para Doña Paquita, la maestra de 4 de EGB, sobre el hambre en el mundo. Busqué información en las enciclopedias que tenía en casa, y escribí lleno de emoción, indignación y tristeza. Doña Paquita nos hacía ponernos de pie a lo largo de la pared para leer nuestras redacciones. Cuando acabé de leer la mía, sentí el impulso abrumador de decir en voz alta que había escrito aquello como un mensaje al mundo, con la esperanza de que alguien lo oyera e hiciera que aquello dejara de ocurrir. No lo dije en voz alta, solo oí las palabras en mi cabeza. La vergüenza y el miedo al ridículo me detuvieron, pero no silenciaron en mí un deseo de armonía que, en aquel momento, me desbordaba. Es el primer recuerdo que tengo de esa sensación que me ha acompañado siempre, y que ha estado unida también a una profunda tristeza latente que siempre me acompaña. Parte de la crónica soledad interior que he sentido siempre tiene que ver con esta necesidad imparable de armonía.

Esa tristeza y soledad crónicas eran resultado también de la vida familiar. Mi alma eligió encarnarse en el seno de una familia profundamente disfuncional y abusiva, en la que mi persona hizo el papel de basurero emocional y de pantalla sobre la que mi madre, mi padre y mi hermano proyectaron fácilmente y constantemente el dolor  provocado por sus carencias. Volvemos a este mundo a aprender y expandirnos a través del dolor, recordar de nuevo qué somos,  reconectar con nuestro Ser, compartir lo mejor de nosotros y llevar amor y luz allí donde estemos presentes, sin buscar nada, sin pedir nada, sin querer nada, sin intentar nada. Solo estando, siendo.

El dolor es el camino para aprender y acercarnos más a más luz y más amor, porque solo podemos verdaderamente comprender, con todo nuestro Ser, aquello que experimentamos. Podemos acompañar a otros seres sintientes en su dolor. Estar con ellos, junto a ellos. Ofrecerles nuestra presencia. Pero no podemos comprender su sufrimiento a menos que lo compartamos, que lo suframos nosotros también. Así lo conocemos, lo reconocemos en otros que lo sufren, y cuando lo vivimos y aceptamos, podemos trascenderlo y ya recordar para siempre lo que nos enseñó. Y lo trascendemos porque no hemos venido a quedarnos atados al dolor que es inevitable en este mundo, sino a atravesarlo para aprender de él y salir de él recordando mejor lo que en realidad somos.

A los 8 meses tuve polio, que afectó mi pie y pierna izquierda. Hasta los 12 ó 13 años, viví abuso sexual por parte de mi madre; hasta entonces y también después, abandono emocional por parte de mi padre, y la mentira y manipulación compulsivas por parte de mi hermano. Desde pequeño, pues, desde que tengo recuerdos, tengo grabadas situaciones en las que esas tres formas de disfunción relacional se manifestaron. Esta parte de mi historia la empecé a explicar hace pocos años en mi blog De Víctima a Superviviente a Ser: el Coraje de Amar (Ahora lo estoy reescribiendo y estará oculto un tiempo).

Mi casa no era mi hogar. No me sentía seguro allí, excepto cuando estaba en mi habitación, estudiando, aunque siempre con la puerta abierta porque nunca conseguí que mi madre la dejara cerrada cuando yo lo hacía. Los libros eran mi refugio, y las libretas en las que primero copiaba cosas que leía y me gustaban y, más tarde, escribía. Empecé a escribir diarios a los 12 años, y no he dejado de hacerlo. A los 15, empecé a escribir poemas. 

También la calle era mi refugio. Desde muy joven me acostumbré a pasar horas y horas caminando sin rumbo ni propósito por las calles de Barcelona. Durante esas largas caminatas, con frecuencia tenía la sensación de no ser de este mundo. Así me lo decía a mí mismo. Miraba a la gente, los lugares, las cosas que me iba encontrando, y me parecían extrañas, ajenas, lejanas, irreales. Muchas veces tenía la sensación de que entre todo aquello y quien había dentro de mi cuerpo había una pared de cristal, una lámina invisible que separaba dos mundos. Como cuando me miraba en el espejo preguntándome qué o quién había detrás de aquella imagen, dentro de ese cuerpo, sentía también y me decía, mientras deambulaba, que no podía ser que aquello fuera todo, que la vida, la existencia, se redujera a eso: a lo visible, lo tangible, lo perceptible por los cinco sentidos. Sentía y me decía que no podía ser que la vida de las personas se redujera a hacer cada cual su vida, a relacionarse con más o menos personas pero siempre desde aquello. Ya entonces me empecé a acostumbrar a observar a la gente detenidamente, obsesivamente; a escuchar conversaciones ajenas; a percibir las energías de personas, lugares y situaciones y procesarlas dentro de mí. Y a aprender de todo eso. Muchos años después, escribí un poema sobre ese constante deambular:

          Por aquí, por allá

          Por aquí, por allá,
          ya no queda nada afuera.
          Tal vez no hubo nunca nada.
          Uno lo descubre tarde,
          tras interminables paseos
          sin rumbo, sin nadie
          y tal vez, también, sin nada.
          Nada. Solo buscar.
          Buscar adentro ahora,
          sin perseguir la nada
          ni acechar esquinas ni
          cafés, vacíos siempre
          o casi siempre. Tanto da.
          Buscar adentro, en uno
          mismo, donde está todo, 
          lo invisible y lo inaudible,
          esperando, latente. Sí.
          Ahora ya, y para siempre, sí.
          Abrir los ojos para ver
          sin buscar, quieto, callado,
          en un clamor de descubrimiento.
          Porque todo está aquí, dentro.
          Nada había afuera:
          los pasos en las calles,
          las aceras conocidas, ya vistas.
          Los escaparates rebosante
          de nada, vacíos 
          y deslumbrantes, fríos de tanto
          color, tanta etiqueta,
          tanta oferta. Dos por uno y solo hoy,
          qué bien. Muchas gracias y adiós.
          Tesoros sin baúl ni mapa
          ni isla ni velero bergantín,
          sin aventura y sin nada.
          Porque estaban, todos, aquí.

Sentía un inmenso vacío, una soledad infinita, y una inacabable sed de conexión y armonía. En parte, esto era resultado de la desconexión, soledad y falta de armonía que vivía en casa, pero iba más allá y venía, también, de más allá. Desde entonces, desde antes incluso, estas han sido mis dos hambres, mis búsquedas, mis objetivos, mis propósitos: conexión y armonía. Al principio, durante años, creí que necesitaba encontrarlas fuera de mí y, al mismo tiempo, las buscaba y alimentaba dentro de mí sin darme cuenta de que lo estaba haciendo. Después entendí que estaban dentro de mí, y era allí donde necesitaba reencontrarme con ellas. Y siempre han estado impregnando todo aquello a lo que me he dedicado, de una forma cada vez más consciente e intencional. 

Cuando la carcasa egoica en la que vivía atrapado empezó a resquebrajarse en 2004, llevaba ya tiempo sumergido en un sufrimiento profundo, más y más intenso, que yo mismo me provocaba por no entender todavía el inmenso contraste que había entre la vida en esa carcasa que me rodeaba y mi voz interna, el eco de mi mundo interior, la llamada de mi alma queriendo dar salida a mi centro, a mi Ser.


LA crisis
 
A mediados del año 2004, tenía una vida que, para algunos de mis amigos y familiares, era un tesoro. Estaba casado; llevaba casi diez años viviendo en Estados Unidos, el país de origen de la que era mi esposa entonces; tenía un puesto de trabajo estable y muy bien pagado como profesor en una escuela secundaria pública en el área metropolitana de Washington; vivía en una preciosa casa que habíamos empezado a pagar tres años antes; tenía tiempo para dedicarme a las cosas que más me gustaban (leer, escribir, pasear, fantasear, viajar, escuchar música, visitar museos…); volvía a mi país de origen cada dos años para visitar a familiares y amigos... Aparentemente, todo estaba bien, todo estaba en su sitio, y disfrutaba del fruto de muchos años de vida intensa, esforzada, complicada en bastantes ocasiones, pero ya encarrilada. Aparentemente. En el poema Más intenté explicarme por primera vez qué ocurría. No llegué a verlo todavía, pero estaba en camino:

                    Es difícil admitirlo
                    y tal vez más explicarlo.
                    Pero es sencillo, os lo 
                    aseguro. Y muy claro.
                    Tengo todo lo querido,
                    o casi todo, sí, y es lo mismo.
                    Un amor constante y complejo
                    que me exige y se crece
                    a mi costa, tormentoso
                    y a la vez sereno.
                    Lo intuido y lo temido
                    son en esto, ya, lo vivodo.
                    Y una paz.
                    Os tengo a vosotros,
                    distantes y pacientes,
                    donde siempre y como siempre,
                    mi refugio, la otra luz.
                    Lo que hago y lo que hice
                    me mantiene, me emociona
                    a veces, y también me llena.
                    Estamos vivos ahí,
                    el de ocho a tres
                    y después el de aquí.
                    Algunos ojos me han mirado,
                    me han intuido acaso,
                    y también, qué alegría, me han amado
                    sinceros o indecisos.
                    Nada es hoy amargo.
                    Las calles me abrazan,
                    lloran sobre mí o me inundan
                    con su luz, su ruido, sus pasos.
                    Me sientan bien, las alcanzo.
                    La inquietud no duerme,
                    aún me empuja y me arrastra
                    y yo la dejo, entregado
                    a su encanto y a su vértido,
                    desarmado, enardecido
                    y enamorado.
                    Y sin embargo…
                    aún no entiendo lo que hago.

Todo estaba bien, sí, excepto yo. El entorno social y material en el que me había envuelto era estupendo mirado con los ojos de quien identifica todo eso con el bienestar, tal vez la felicidad, el sentido de la vida. Yo nunca lo viví ni lo concebí así y, a pesar de ello, me metí en lo que, en realidad, era una jaula, una armadura, una muralla, una celda, un cajón estrecho, un pozo frío y oscuro en el que yo estaba perdido, sin saberlo. O, tal vez, sin querer darme cuenta por no saber escuchar lo que mi voz interna llevaba ya muchos años diciéndome, y no saber percibir el hilo invisible de la Vida que recorre nuestro Ser y nos guía.

Hasta que un día, de repente, el muro cilíndrico en el que me había encerrado empezó a resquebrajarse. Yo creí que era yo quien me rompía por dentro. En realidad, se empezaron a abrir grietas por las que, unos años más tarde, empezaría a liberarme.

El primer aviso de que había llegado la hora de la liberación llegó unos años antes, cuando fui a ver el estreno en Washington de la película 'El hijo de la novia'. El personaje protagonista de la película, Rafael Belvedere (interpretado por Ricardo Darín), me resultó especialmente desagradable. Más tarde entendí que estaba proyectando sobre él, fácilmente, aspectos de mi sombra, algunos muy claros, que reconocí muy pronto, y otros, claro, no tan evidentes. Esos fueron precisamente los que empezaron a abrir las primeras grietas.
Estuve llorando casi toda la película, sin saber por qué. Empecé en el momento en el que el corazón de Rafael Belvedere dice basta y se detiene para llevarlo al borde de la muerte, es decir, de la vida. A partir de ahí, no pude parar de llorar. A medida que Rafael se hundía en la crisis profunda que se desencadenó dentro de él a partir del infarto, y a medida que el mundo a su alrededor, las relaciones con las personas más cercanas a él y, sobre todo, la relación consigo mismo, parecían desmoronarse más y más y él se hundía en un caos sin sentido del que no sabía cómo ni cuándo saldría, yo lloraba más desconsoladamente, desde más adentro. Aquella noche, en casa, me di cuenta, de pronto, de que hacía años que no había llorado, a pesar de algunas vivencias muy duras que había atravesado, pero no resuelto dentro de mí. 

Durante unos días me sentí confuso, no entendía qué había pasado. No podía entenderlo con la cabeza, claro. No es con la cabeza con la que se entiende la vida. Estaba muy revuelto por dentro, y muy triste. Pero la coraza en la que estaba envuelto era muy gruesa, mucho más de lo que yo creía, y después de unos días, poco a poco fui volviendo a mi forma habitual de estar en esa vida, en ese mundo. Sin embargo, algo era diferente. Empecé a  sentirme más vulnerable, más receptivo, más en contacto con mi femenino interior. Siempre, desde muy joven, estuve muy conectado con esa parte de mí, pero ese día empecé a darme cuenta de que estaba lejos de mi corazón de una manera que ni sospechaba. 

Aquella reacción desmesurada, profunda, desconcertante, era una señal, un aviso, una pista. Le perdí el rastro durante un tiempo. Pero da igual: lo que el universo nos tiene que decir, nos lo dice de una forma u otra, una y otra vez, hasta que prestamos atención.

Empecé a prestar mucha más atención a mediados de 2014. Trabajaba como profesor de castellano y latín en una escuela secundaria pública en el área metropolitana de Washington, DC. En abril, una compañera de trabajo nos dijo que le habían diagnosticado cáncer de colon. Tenía 58 años, la misma edad que tenía mi madre cuando murió de cáncer de colon. Algo se activó dentro de mí, y el miedo que había sentido cuando mi madre murió volvió a aparecer, esta vez en forma de recordatorio de que, según la medicina occidental clásica, hay un riesgo hereditario y conviene hacerse revisiones a partir de los 40 años. Así que fui al médico de cabecera para que me enviara al especialista para hacerme una colonoscopia. El médico, al explorarme, creyó identificar un soplo cardíaco (‘heart murmur’). Según él, no era nada por lo que tuviera que preocuparme, pero decidió enviarme al cardiólogo para que me hicieran pruebas inmediatamente. En vez de eso, fui a otro médico de cabecera, quien confirmó que, probablemente, tenía un soplo cardíaco y que, probablemente, tendrían que operarme para sustituir una válvula cardíaca que probablemente estaba deteriorada. Después de explicarme los tipos de válvula que existían y la forma tan avanzada en que se hacía la operación, me explicó que la esperanza de vida de los supervivientes ya era de 10 años. En Internet encontré abundante información que confirmaba lo que me había dicho, así que, en mi mente, me dije que, de repente, mientras creía que iba a pedir un volante para ver a un especialista del aparato digestivo, acabé encontrándome con dos médicos que me dieron a entender que, probablemente, me quedaban unos diez años de vida. En ese momento se disparó el pánico dentro de mí y empecé, de verdad, a enfermar. Era cierto que algo iba a morir, pero no mi cuerpo.

Estuve enfermo unos dos años y medio, y absolutamente todo cambió.

La visita al cardiólogo despejó las dudas y quedó claro que el soplo cardíaco que tenía era mínimo y no valía la pena prestarle más atención. Ya sabía eso cuando me hice la colonoscopia, pocos días después. Salió negativa, pero el médico que la hizo me explicó que tenía lesiones en la base del esófago, probablemente por exposición al ácido del estómago, y que corría el riesgo de que acabasen convirtiéndose en cancerígenas. En esa conversación supe que tenía una hernia de hiato. Yo llevaba ya un tiempo con acidez, una acidez persistente que, a veces, duraba todo el día y la noche. No me extrañó lo que me dijo, ya había empezado a leer sobre la acidez y, esta vez, no me alarmé, pero sí me dije que tenía que averiguar por qué estaba teniendo tanta acidez, cada día, durante varias semanas ya, y qué podía hacer para detenerla. Tomé la medicación que el especialista me recetó y, después de la segunda pastilla, me encontré peor que nunca. El medicamento se llamaba Protonix, y era un inhibidor de la bomba de protones, destinado a reducir la secreción de ácido en el estómago. En la medicina occidental clásica todavía prevalece la creencia de que la acidez se debe a un exceso de ácido en el estómago, que desborda la válvula que lo separa del esófago. La industria farmacéutica ha convertido esa falsa creencia también en un enorme negocio. Yo también lo creía entonces, y estuve unos seis meses con acidez casi diaria, casi ininterrumpida. Sin embargo, no tomé ese medicamento nunca más, ni ningún otro, y estuve esos meses sin saber cómo aliviar la acidez. Me daba cuenta de que desaparecía cuando comía, especialmente con comidas pesadas, y volvía a aparecer cuando terminaba la digestión. Justo todo lo contrario de lo que la propaganda médica y farmacéutica nos dicen, y por eso ningún médico supo darme ninguna explicación ni ninguna opción que no fueran medicamentos reductores de la acidez.

Unos meses después supe que, en realidad, la acidez se debe a la falta de ácido en el estómago, no al exceso. Encontré la información y una explicación exhaustiva y fantásticamente documentada en este libro:



y también en estudios publicados por una clínica alternativa en el estado de Washington, especializada exclusivamente en el tratamiento de la acidez con productos naturales. Averigüé también qué era y cómo funcionaba el nervio vago, y la relación directa que podía tener la mente con la falta de ácido en el estómago. 

Pero esto vino al cabo de varios meses, durante los cuales lo que empezó siendo una persistente acidez se convirtió en un cuadro de síntomas múltiples que afectaban a buena parte de mi cuerpo. 

A las pocas semanas de empezar a tener acidez, comencé a tener dificultades para respirar y llegué a tener, durante meses también, una respiración sibilante, como si tuviera pequeñas y repetidas crisis asmáticas. La respiración empeoró cuando empecé a sentir dolor en un punto de la espalda, justo debajo del omoplato derecho. Cuando respiraba me dolía en ese punto, y cuando me dolía me costaba más respirar. No entendía qué conexión podía haber entre las dos cosas y no sabía tampoco cómo salir de ese círculo, aunque me daba cuenta de que, cuando llevaba un rato caminando, especialmente si lo hacía a buen paso, respiraba mejor y la sensación de opresión que tenía siempre en el pecho y en la boca del estómago disminuía también. Otra vez mi cuerpo reaccionaba de la forma inversa a la que la medicina clásica considera normal o habitual. 

A la acidez casi constante, la respiración restringida y sibilante y el dolor en la espalda se añadió una severa distensión abdominal. No recuerdo ya cuándo empezó, pero recuerdo perfectamente cómo era: mi vientre se hinchaba como si fuera el de una mujer embarazada de 6 - 7 meses. A veces me pasaba cuando comía y, a veces, entre comidas. La reacción siempre era rapidísima, en menos de un segundo. Cuando se me hinchaba el vientre así, sentía como si tirase hacia abajo del pecho y los pulmones, no podía respirar con el abdomen y sentía que los pulmones apenas tenían recorrido cuando inspiraba. No había ningún tipo específico de alimento que me provocara esa reacción. Podía suceder con cualquier cosa: frutas, cereales, carnes... Y también sin comida. Cuando me hinchaba, yo solo quería esconderme, estar solo sin que me viera nadie, sin tener que hacer nada, para poder tumbarme y acurrucarme, y también para que nadie me viera. Muchas veces se me hinchó el estómago cuando estaba en clase, con mis estudiantes, o en reuniones de profesores. Y también, claro, fuera del trabajo: en la calle, en el metro, en el coche, en casa. Podía suceder en cualquier momento, en una fracción de segundo, y la hinchazón tardaba horas en irse. 

A todo esto se fueron añadiendo otros síntomas menos molestos por sí mismos, pero con los que me desesperaba más y más: picor por todo el cuerpo, dolor frecuente en la vesícula, dolor lumbar, dolores de cabeza muy intensos y frecuentes, intenso olor de pies, cansancio constante, pérdida de peso, debilidad en brazos y piernas, llagas en la boca, insomnio... Y desesperación. Mucha, cada vez más a medida que pasaban las semanas, los meses, los síntomas aumentaban y se agudizaban, y nadie podía darme respuestas, ningún tratamiento funcionaba (incluidos tratamientos naturales, alternativos), el sobreesfuerzo que tenía que hacer en el trabajo me agotaba y la relación con mi esposa se deterioraba. Llegué a un punto en que ya nunca me sentía bien, en ningún momento del día, y nadie tenía respuestas para mí. Vi a neumólogos, gastroenterólogos, acupuntores, nutricionistas, quiroprácticos, homeópatas, y ninguno de ellos consiguió averiguar qué me pasaba, ni pudo darme ninguna explicación sobre qué podría ser que me pasara. Nada. Solo mucha desesperación y soledad.
Una noche, en casa, llegué al límite y exploté, y grité "¿Qué me está pasando?" "¿Qué me están haciendo?" "¿Por qué nadie es capaz de ayudarme?" Al día siguiente, mi mujer me dijo que, si en poco tiempo aquello no cambiaba, ella prefería que me fuera de casa.
En un momento dado empecé a pensar en el suicidio. Me decía que era lo único con lo que podría dejar de sentir todo aquello y descansar de todo de una vez y para siempre. Era muy tentador pensar que, en apenas unos minutos, podía desaparecer todo el dolor, en un instante, de golpe. Di mi salud por perdida para siempre y me sentía incapaz de vivir durante mucho tiempo en aquellas condiciones y, a la vez, no veía cómo podría encontrar respuestas, ni soluciones. Además de visitar a muchos médicos, pasé meses buscando información, respuestas, pistas, en Internet. Cada día, durante horas. Y eso fue lo que me salvó.

Un día, en el trabajo, durante el descanso de la comida, encontré en Internet varias páginas que hablaban sobre la candidiasis. Hacía unos días que había visto descripciones de los síntomas característicos y sospechaba que, tal vez, tuviera algo de candidiasis. Una de esas webs citaba un fragmento de otra en la que se hablaba sobre la candidiasis de una forma diferente, en un tono diferente, desde una perspectiva distinta. Había algo en aquel texto que hizo que le prestara especial atención, que lo releyera varias veces, y que siguiera el rastro a la web de la que procedía. 
Era la web del doctor David Schlesinger ( www.modernherbalist.com )




El doctor Dave es un ángel. Estoy convencido de que ha venido a este mundo para aliviar el dolor de seres sintientes desesperados. Y lo hace muy bien. Es médico, acupuntor y homeópata. Pasó los primeros años de su infancia en Alemania, con su abuela, que era herbalista. Él solo trabaja con sus pacientes por teléfono, y solamente hablando con él, siendo paciente suyo, es posible llegar a explicar su lucidez, la claridad con la que es capaz de ver dentro de una persona sin llegar a verla físicamente nunca. Antes de nuestra primera conversación le envié una larguísima descripción de todo lo que me había estado pasando durante casi siete meses. Pero en esa conversación de hora y media, él apensas me habló de síntomas, y casi todo el tiempo me habló de mí, del tipo de persona que él creía percibir dentro de ese cuerpo inmerso en el dolor. Para él, la raíz de lo que me estaba ocurriendo no estaba en mi cuerpo, sino en mi interior y, aunque él tenía alguna idea formada sobre qué cosas podrían estar pasando allí, solo me indicó hacia dónde debíamos mirar, no lo que él pensaba que yo iba a ver. Eso lo dejó para mí. 
Además de esto, claro, puso en marcha un larguísimo tratamiento para ayudar a mi cuerpo a volver a estar en paz y funcionar. Lo más urgente para él fue normalizar mi respiración. Para ello empezó por tratar el hígado, y en una semana yo respiraba normalmente, y nunca más volví a tener la respiración sibilante, asmática, que había tenido durante meses. Me estuvo tratando casi dos años, y siempre dedicó mucho tiempo a explicarme el porqué de lo que hacía, de lo que me estaba pasando, y la conexión no solo entre partes de mi cuerpo que yo no había visto nunca como conectadas, sino también entre mi cuerpo y mi interior. El Dr Dave no practica medicina psicosomática. Va más allá de eso. Él fue la primera persona en todo aquel tiempo que me habló de mi alma, y de la necesidad de reconectar con ella, reencontrarme, volver a mi centro, para sanar profunda y verdaderamente.

Al cabo de dos años, mi cuerpo estaba restablecido, y muchas cosas en mi vida habían cambiado. El proceso de sanación que atravesé guiado por el Dr. Dave abrió mi mundo interior y empezó a guiarme por un camino de inicio de comprensión de la conexión de todo con todo, de la unidad. La conexión y armonía que, desde pequeño, habían estado en el centro de mi inquietud más íntima, en el centro de lo invisible de mí, se empezaron a manifestar ante mí de una forma que nunca antes había experimentado. Y fue, precisamente, gracias a la profunda desconexión y falta de armonía en la que había estado viviendo durante años y que ahora empezaban a restablecerse. Me sumergí con pasión y una profunda emoción en la Medicina Tradicional China. En parte, porque a través de ella empecé a entender lo que había estado viviendo durante esos años y, en parte, a través de varios libros que devoré y que me abrían las primeras puertas hacia una expansión de consciencia que ya nunca más se detuvo.





El último, además, fue mi primer contacto con el mundo de los arquetipos, que más adelante se abriría mucho más ante mí.

Dejé de tener miedo a aceptar que la enseñanza ya no me interesaba. En realidad, nunca me había interesado como tal, sino como una forma de intentar llegar al mundo interior de las personas con las que me encontraba haciendo mi trabajo, en primer lugar y sobre todo, los estudiantes. Desde el principio, todo mi trabajo con ellos se centró en ayudarles a conectar o reconectar con lo que les apasionara, y a encontrar en ellos y desarrollar dones y talentos que ya estaban ahí, pero, con mucha frecuencia, escondidos, encerrados, dormidos, ahogados por las exigencias de un sistema que se basa en hacer invisibles a las personas que pasan por él, todas ellas, incluidas las personas adultas. Descubrí el Desarrollo Organizacional. No sabía qué era hasta que un día encontré una web que hablaba de ello y, en cuanto lo vi, me sentí atraído hacia ello como un imán. Era, además, muy consciente de que lo que más me atraía de ese campo era la posibilidad de ayudar a otras personas, individualmente y en grupos, a ver y comprender los procesos ocultos, las dinámicas que hay debajo y detrás de lo visible y aparente en cada persona y en nuestras interacciones con otras, con el fin de que, a partir de esa comprensión, pudiesen conectar más profundamente con su propio mundo interior y poder estar más presentes en su trabajo diario desde ahí. Así que hice un master en Desarrollo Organizacional y Coaching, un programa intenso, profundo, completamente experiencial, en el que me encontré con otros profundos cambios que me aguardaban. En realidad, todo aquello que había vivido a través de mi enfermedad había sido una preparación y una seria llamada para que prestara muchísima atención a mi interior, para que así también pudiera salir todo lo que estaba listo para salir. 


El Laberinto del Fauno 

De nuevo, una película actuó como detonante. Esta vez fue 'El Laberinto del Fauno'. Salí del cine profundamente triste, deprimido, incapaz de decir nada, con la sensación de que algo había explotado dentro de mí, pero sin saber qué. Al día siguiente empecé a escribir sobre la película y, especialmente, sobre mi intenso enfado con el director. A medida que escribía, me daba cuenta de que lo que sentía no era enfado por el final que el director había decidido darle al personaje de la niña protagonista, sino por el final prematuro que había tenido mi infancia. Escribí esto sin saber todavía de qué estaba hablando. Algo estaba subiendo a la superficie y aún no sabía qué era. Ese mismo día, empecé a trabajar con un modelo de doce arquetipos, el segundo de los cuales es el del Huérfano. Cuando lo leí y me puse a escribir sobre él, me puse a llorar desconsoladamente. No podía parar. No sabía por qué lloraba así. No sabía por qué ese arquetipo provocaba esa reacción en mí. El llanto venía de muy, muy adentro, y de muy lejos. Era mi niño interior el que lloraba. Era mi infancia rota la que me llamaba.




Unos días después, llamé a Kat, una compañera del master, para hablar con ella. Fue la primera persona a la que le expliqué que, durante toda mi infancia, mi madre había abusado sexualmente de mí. La escogí a ella porque ella había pasado por lo mismo. Estuvo conmigo varias horas, dándome apoyo, amor, fuerza y también información. Me sentí escuchado, comprendido, querido, abrazado, validado. Ese día comencé a procesar conscientemente el abuso.

No voy a explicar aquí con detalle esta parte de mi historia, que es larga, intensa, dura a veces, y también un camino de liberación y de reencuentro con mi centro, con mi Ser. Como dije al principio, hace unos años empecé un blog dedicado exclusivamente a esto: De Víctima a Superviviente a Ser: el Coraje de Amar . Ahora lleva oculto varios meses, mientras lo reescribo. Probablemente lo podré publicar de nuevo en diciembre de este año. Aquí, ahora, me gustaría compartir unas pocas cosas sobre ese proceso.

No tuve una red de apoyo, un support system, fuerte y constante, pero sí tuve el apoyo incondicional de varias personas, que me aceptaron con todo lo que había en mi historia y me abrazaron con su comprensión y cariño. Es de vital importancia tener apoyos para pasar por un proceso así. Cualquier forma de abuso infantil se convierte en un infierno latente dentro del niño y de la persona adulta que lo sufrió, y el abuso sexual tiene unas implicaciones especialmente complicadas. Como en mi enfermedad, escribir en mi diario y la compañía de un libro milagroso me ayudaron a seguir adelante cada día, en medio del dolor, la desesperación y el deseo recurrente de morir. 



Con estos libros y mi diario empezaba el día cada mañana. Me había divorciado y mudado a Philadelphia. Algunas mañanas, leía y escribía durante horas. Otras, lo dejaba al cabo de pocos minutos. Después, pasaba horas sumergido en mi primer proyecto emprendedor. Había dejado mi trabajo como profesor, renunciado a mi trabajo fijo en la red de escuelas públicas del estado de Virginia, y empecé a crear una web desde la que ofrecer materiales de apoyo a profesores de lenguas extranjeras, cursos de castellano como lengua extranjera, y traducciones del inglés al castellano. Mientras intentaba poner esto en marcha, daba algunas clases particulares de castellano y de apoyo a estudiantes de secundaria, y trabajé durante unos meses como consultor y coach de un bufete de abogados en Philadelphia. Con eso me sostuve durante un tiempo. 

          Tanto tiempo
          te estuve buscando
          sin saber que un día,
          en el que yo nunca creí,
          de repente te encontraría
          después de encontrarme a mí.
          Dos años atrás
          en mi laberinto me adentré,
          mudo, ciego y sin saber
          a dónde me llevaría
          ni lo que en él encontraría.
          El rastro oscuro
          de mi sombra seguí
          entre el pánico, la esperanza
          y la eterna tentación 
          de abrazar un repentino fin.
          En el lado oscuro 
          de mi luna encontré
          lo que siempre más odié,
          el cristal roto de mi infancia
          robada, de mi vida
          secuestrada, de mi alma
          rota, sola, abandonada.
          En el espejo recompuesto
          del oscuro pozo me miré
          dispuesto como nunca a saber
          quién era yo, cómo y por qué
          había llegado hasta aquí,
          y para qué y de qué manera
          mi viaje continuaría,
          a dónde yo llevaría
          de la mano a mi yo
          abandonado,
          a ese niño asustado,
          a ese joven escondido,
          a ese hombre malherido,
          rescatados los tres
          por la fuerza de su voz
          desesperada, desde dentro
          clamando, desde lo más oscuro,
          para que mi último yo
          los oyera,
          los reconociera y
          los quisiera
          como nunca nadie
          los había querido 
          antes.
          De su mano, ascendiendo,
          de repente, me encontré a mí.
          De repente, al otro día, te encontré a ti. 


Y fue entonces cuando empecé a hablarle a Dios, o al Universo, o a mis guías. Le hablaba a una presencia que sentía, que necesitaba que estuviera, con la esperanza de que me oyera. Iba con frecuencia al centro social de una comunidad religiosa local, una iglesia protestante en uno de los barrios afroamericanos y latinos de Washington, y también de Philadelphia. Iba allí, me sentaba a una mesa, y pasaba allí horas, con mi diario, alguno de los libros en los que me apoyaba, y hablándole a Dios. Era el único sitio donde sentía una paz, un sosiego, inesperados, insospechados, completamente nuevos para mí. Muchas veces yo era la única persona en aquel local, pero nunca me sentí solo estando allí.

Al mismo tiempo, el master que estaba haciendo me llevó a explorar, entre otras cosas, la psicología de Jung, el modelo de arquetipos de Carol Pearson, parte de la obra de Ken Wilber, Joseph Campbell... Estaba inmerso en un constante mirar hacia dentro, dentro de mí primero, y, a la vez, dentro del ser humano. 

Estaba sumergido en una constante exploración del mundo interior, una exploración que había empezado, sin darme cuenta de lo que verdaderamente acabaría significando para mí, a los 16 años, cuando escribí un trabajo de 450 páginas sobre un análisis psicológico de los personajes de La Celestina. A lo largo de un mes, escribí durante horas, cada día, desde que volvía del instituto, a media tarde, hasta la madrugada. Sin parar, ni querer parar. Sin salir de mi habitación. Muchas veces, sin cenar. Cada día perdía la noción del tiempo, estaba completamente inmerso en aquello, que me arrastraba, me llenaba, me desbordaba. Yo fluía con aquello, estaba dentro de ellos y no quería salirme de ahí. Lo hice todo sin esfuerzo, sin tener la sensación de que me costaba. Al contrario: las ideas surgían fácilmente, espontáneamente, como si supiera perfectamente lo que estaba diciendo y haciendo. Como si lo hubiera hecho durante muchísimos años. Lo hice con pasión, entrega, emoción y entusiasmo absolutos, irrenunciables. 
Nada podía alejarme de aquello.
Tal vez lo más sorprendente de todo, y también quizá lo más significativo desde la perspectiva de la vivencia de los dones y talentos, fue que en ningún momento me cuestioné, ni me planteé siquiera, si yo podía hacer aquello o no. Simplemente lo hice. Sentía que lo quería hacer, sentía lo que quería hacer y decir, y no necesitaba nada más que eso. Nunca me dije cosas del tipo "tú no sabes nada de psicología", o "quién eres tú para escribir sobre esto"... Nada. Lo hice, y nada más. No podía parar y no paré, y absolutamente todo lo que escribí tenía, tuvo después y sigue teniendo muchísimo sentido para mí.

Entonces no vi, no podía ver todavía lo que ahora ya sé, y es que, durante esas semanas, mi propósito de vida, mis dones y talentos, se mostraban ante mí para que, cuando fuera, años más tarde, los recordara, reconociera y abrazara, y reconectara con ellos para vivir desde el centro de mi Ser.



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